Yo seré vieja

Hasta hace unos años, y desde tiempos ancestrales, los ancianos eran el patrimonio más valioso de la sociedad. Se valoraba su sabiduría y experiencia. Se les consultaba, con un respeto reverencial -incluso en el ámbito institucional-, en los regímenes democráticos (Consejo de ancianos) de antiguas civilizaciones.
Ayer visité por primera vez un asilo. Sobrecogedor. En especial en los casos de ingreso forzoso, en contra de su voluntad. Un depósito humano, sin privacidad, que me proporcionó una toma de conciencia de la triste realidad y de una ancianidad devaluada, que hoy quiero compartir contigo.

El deterioro de nuestras capacidades es previsible e inevitable, con el paso de los años. No nos damos cuenta de que, detrás de ellos, los viejos seremos nosotros. Miramos para otro lado cuando el afectado, además, goza de plena capacidad de obrar y decidir. Si nos quitásemos las gafas de sol veríamos que su internamiento es un delito de detención ilegal. Una privación ilegítima de libertad. Y esa libertad no debería poderle ser arrebatada a nadie en su sano juicio, ni por los familiares más allegados. La voluntad del afectado debe prevalecer sobre las decisiones y el requerimiento de quienes le rodean, por bienintencionada que ésta sea. Con el agravante de que el internamiento forzoso provoca un deterioro vertiginoso en el que se convierten en viejos incapaces por el hecho de ser tratados como viejos incapaces. Eso decía Goethe y ayer comprobé que estaba en lo cierto.

Ante el horror de que nos arranquen nuestro hábitat y las costumbres de toda la vida, aprovechándose de nuestra confianza, a pesar de la lucidez y firmeza con que expresemos nuestro deseo de permanecer en nuestros hogares. El terror a que nos arrebaten nuestro entorno familiar, nuestras pertenencias, costumbres, recuerdos… Defiendo la libertad por cuestión de dignidad.

El individuo anciano es un sujeto de derecho y tiene poder de decisión sobre sí mismo. Incluso debemos proteger a aquellos que ya no puedan gobernarse. ¿Somos cuerpos o personas? ¿Qué estamos haciendo con el precioso tiempo que nos brindan los adelantos de la medicina?

Que los hijos se hagan cargo no sólo es natural sino obligatorio. Amén de la alternativa de los acompañantes terapéuticos que podrían atendernos en nuestras casas.
Apelo a tu sentido común, a la razón y a tu corazón ante la indefensión de esta población vulnerable para que sus intereses prevalezcan sobre ese otro interés: deshacerse de ellos.

Cuidemos a nuestros mayores aunque sólo sea porque, un día, fueron ellos quienes nos cuidaron.