La felicidad era esto

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Después de más de dos meses sin poder ver a mi madre estrené la flamante Fase 1, de esta maldita Covid-19, yendo a visitarla. A dos metros de distancia, eludiendo un presunto abrazo mortal para ella, profanamos su casa mi hija y yo. Compartimos albaricoques, fresas, arándanos, nísperos y plátanos. Le llevé regalos que había ido acumulando. El mío era tenerla allí mismo. A dos metros de distancia, intuí su sonrisa bajo la mascarilla y el brillo de su mirada tras la visera de plástico. Mi madre bonita. Dos horas, a dos metros, después de dos meses bastaron para que saliese de allí rebosante de plenitud.

Al día siguiente, temprano, me fui a caminar a la playa. Algo que se convirtió en vicio, por prescripción facultativa de mi traumatólogo. Hacía más de dos meses que mi robopié no caminaba con el agua sanadora por la rodilla. Cuando vi el horizonte azul me emocioné. Me descalcé despacio y caminé sobre la arena hasta la orilla, sin perderla de vista. Escuché las olas reales. Esta vez no era el sonido de fondo de una aplicación para meditar. Avancé con respeto, sintiéndome parte de una experiencia sagrada. La luz del sol rielando. Rizos transparentes de agua cristalina amplificando las ondas del suelo. Cuatro kilómetros con un silencio que se rompía con el chapoteo de cada paso. La irregularidad de la ansiada arena fascinante transformándose bajo mis pies. Salpicaduras de agua salada. Un nudo en la garganta, casi todo el tiempo. Luego, la sensación de mentol en mis piernas.

Estos dos días me han convertido en la persona más afortunada del mundo.  Después de tanto perseguirla de mil maneras… ¿Será que la felicidad era esto?