Gilipollez transitoria

Cuando menos te lo esperas surge la chispa. Paradójicamente encontramos cuando dejamos de buscar, a menudo a alguien que no podías siquiera imaginar o que ya estaba ahí desde hace tiempo.

De repente, los lugares y las cosas recuperan su brillo. Caminas con una sonrisa absurda en la cara evocando pequeños momentos y te importa un pimiento si algo no sale bien.

Así, en un estado de gilipollez transitoria, recobramos la energía y arrancamos de un zarpazo la felicidad a la vida para tragárnosla entera. Nos sacudimos las telarañas de la rutina para descubrir al otro despacito, con fruición o como nos deje. Susurramos su nombre cuando estamos solos. Recuperamos la inspiración. Nada cuesta, aunque hayamos dormido poco o perdido el sueño.

El suelo se tambalea bajo nuestros pies y el cristal de las gafas con las que miramos a nuestro alrededor se vuelve rosa. Enamórate de quien quieras o de lo que quieras, pero enamórate. Provoca este estado. Su resultado no tiene precio.