Cómo lograr la excelencia

Había cambiado por un 5S el Iphone 4 que le pasé a mi hija. El nuevo no reconocía mi ID ni el password. No podía instalar Facebook, WhatsApp, Twitter ni Linkedin. Nuestra dependencia de estos soportes de interacción hace que todo se vuelva gris de repente y nos invada la ansiedad.

Tras una docena de intentos volví a la tienda. La dependienta lo achacó a que mi hija había renombrado su cuenta sobre la mía, en lugar de crear su propio identificador. Trató de solucionarlo, durante largo rato, para lo que eliminó todas mis cuentas en vano. Dijo que no podía hacer nada. Anotó un número de cinco dígitos del servicio técnico avanzado y me dio el papel. Las personas que aguardaban en cola me miraron mal cuando salí de allí, confusa, arrastrando los pies y sin correo en el móvil.

Volví a casa. Sentí angustia cuando detecté que los emails tampoco funcionaban en el ordenador ni en la tablet. Estaba desconectada del mundo, privada del arma fundamental de la vida diaria. Lo peor fue cuando, al intentar bajar los emails desde la red, comprobé que mi web no existía.

arrgh-computerDesconcertada, llamé con desesperación al número mágico. Hablé largo rato con una máquina que me iba pidiendo dígitos de control. Empecé a desesperarme a medida que pulsaba los números solicitados. La base de la comunicación universal se había desplomado y, con ella, mi identidad. Yo no existía. Al fin la máquina accedió a pasarme con un agente. Alguien humano. Una voz de mujer que, tras escucharme, concluyó que no sabía cómo resolverlo. Me dio otro número, esta vez un 900.

Sin poder evitarlo, las teclas se desdibujaban a medida que iba marcando. Llevaba todo el día dialogando con grabaciones. Estaba desesperada. Una voz amable, al otro lado, me tranquilizó. Se identificó como Ramiro Romero. Con su paciencia infinita, demostró una fascinante habilidad de saber ponerse en mi lugar y desplegó sus conocimientos de ingeniero de sistemas. Supe que me comprendía. Me hizo reír. Le confesé entonces que había estado llorando. Me tranquilizó al explicarme que no era un problema de Apple sino de mi servidor. Ahí terminaba su misión pero, a pesar de eso, siguió conmigo y me dijo que tenía que hablar con mi social media manager y volver a llamar al día siguiente. Mi ID no era válida porque había desaparecido junto a mi correo y mi web. Él mismo comprobó que no estaba. Me buscó en Internet y aseguró que vería mis conferencias en diez minutos, cuando acabase su jornada laboral. Le pregunté dónde se encontraba. Atenas. Su acento era argentino. Llevábamos hablando más de una hora cuando descubrí que mi estado de ánimo había cambiado. A pesar de que aquello no era asunto suyo, me había explicado qué pasaba y cómo resolverlo más allá del profesional: desde la persona.

Al día siguiente, Iskiam Jara resolvió el problema con el servidor. Volví a llamar al 900 de Atenas para configurar mi teléfono. Esta vez me atendió Ankor Herrera, un canario encantador que despilfarró paciencia durante más de dos horas, dándome las instrucciones precisas para solucionar mi problema.
Frente al ordenador, con el teléfono antiguo pegado a la oreja y manipulando el nuevo mientras seguía sus indicaciones, sonreí. Me di cuenta de que sin Internet y sin la inmaterialidad de las RRSS, indispensables en nuestro día a día, no somos nada.

Hablando con Ankor, al igual que con Ramiro el día anterior, fui consciente de la maestría de ambos para llegar a través del teléfono, valiéndose sólo de su voz y de su uso de la empatía. Pero me di cuenta, sobre todo, de que la excelencia existe sólo cuando derrochamos humanidad.

Ahora tengo dos nuevos amigos excelentes en Facebook a los que debía (una cerveza pilla lejos) este post