Co-creemos el futuro

Creemos en lo que conocemos y sabemos, pero obviamos la inmensidad de lo que no sabemos o no hemos visto jamás. Nos contamos historias a nosotros mismos para auto-convencernos de que somos capaces de entender el mundo y la vida. Nos aterran la fragilidad de nuestro conocimiento y lo vulnerables que somos en realidad. Mi confinamiento en soledad y este absoluto silencio tendrán un impacto en mi vida de inmensas consecuencias.

Existen evidencias, tanto a lo largo de la historia como en nuestras propias experiencias personales, que nos permiten afirmar que no siempre lo que nos rodea son variables predecibles, sino sucesos aleatorios. Empecemos por dejar de negar esta evidencia en un vano afán de intentar comprender el mundo que nos rodea. Aceptemos el hecho de que entendemos menos de lo que creemos y de que, todavía, queda mucho más de lo que sabemos por aprender. Reconozcamos el poder de lo inimaginable.

Resulta aterrador lo imprevisible ya que nos arrebata el control. Tal vez sea una de las razones por las que nos resistimos a aceptar su existencia e inexorabilidad. Controlamos nuestro mundo menos de lo que pensamos y quedamos a merced de la providencia cada vez que surge un cisne negro.

Nos obstinamos en no reconocer que, en ocasiones, los sucesos atípicos y extremos ocurren y punto. Nos colapsan. Nos ajustamos a su existencia cuando el impacto es extremo. Tras una catástrofe, con el paso del tiempo, un análisis retrospectivo nos hace extraer importantes lecciones que acabamos incorporando en nuestro registro.

Tengo la certeza de que este es el fin del mundo. Al menos, del mundo conocido hasta ahora. Uno de mis maestros, Alain Manzano, me enseñó que los sistemas se autorregulan. Y es posible que nuestro sistema, roto, necesitase respirar y recomponerse.

Diseñemos juntos una nueva era. Una era en la que las calles estériles, por esta enfermedad que deshumaniza, nos han hecho cambiar el saludo, mientras la primavera florece sin ojos que la vean. Una congoja y un miedo atroz me desgarra el alma cuando pienso que tal vez, cuando todo haya pasado, la marea de la normalidad nos arrastre a cometer los mismos errores: a no valorar las cosas simples, a no mirar el horizonte, a un espacio abierto, abrazar a un ser querido, sentir su abrazo o a no distinguir lo esencial de lo superfluo. Seamos capaces de aprender esta lección y rectificar. Deseo que nuestros descendientes sigan conociendo este mundo porque exista. Deseo que, dentro de unos años, esto sea solo una pesadilla borrosa pero que siga diáfana la lección aprendida: valorar lo importante, disfrutar, bajarnos del tren del consumo y cuidar la Tierra.

Deseo que cuando recuperemos la cotidianeidad, podamos volver a conectarnos unos a otros de una manera más fértil, también para nuestro planeta.