Cabañas en los árboles

Cuando has estado donde las dan o has sobrevivido sin recursos y has tenido intención de tirar la toalla más de una vez, te das cuenta de que has aprendido a tomarte las cosas de otra manera y a esperar. Sabes transformar las ganas de llorar en una sonrisa.
La experiencia es un grado y el espíritu de supervivencia que se desarrolla por necesidad lo es más todavía.
Si, además, cuentas con un buen amigo como cuento yo con Esteban Esusy, las contrariedades y problemas dan un vuelco. Estas personas tienen el arte de darle la vuelta a la tortilla o de convertir el drama en comedia. Un buen amigo, de esos que tienen el don de aparecer cuando se les necesita; de dejarse ver cuando todo se tuerce.

A veces me da la sensación de que la vida nos pone a prueba. Convierte ante nuestras narices una situación idílica en un infierno, en una tragedia o en un absurdo. En ocasiones, ni siquiera tenemos voz, voto o poder de decisión en los acontecimientos. Solemos desmoronarnos, atónitos, con la certeza absoluta de presenciar lo inevitable. Tras la negación, la ira, negociación y depresión, sólo nos queda aceptar lo que hay y el poder de controlar nuestra actitud ante lo irremediable.

Funciona empezar por rasgar y escapar de la funda de víctima que nos recubre atrapando nuestra voluntad, erguir la espalda, levantar la mirada y respirar hondo. Si encima, a base de grandes dosis de esfuerzo, puedes sonreír, ya tienes media batalla ganada a la adversidad. La otra mitad se logra venciendo a la situación, cambiando el cristal de tus gafas para ver la misma cosa de otro color y sacando la oportunidad de las entrañas de la contrariedad.
Pongamos por caso que has buscado un lugar idílico para hacer una escapada romántica con tu chico. Es una sorpresa. Tras varias horas buceando en la red, encontraste unas cabañas de madera enclavadas en mitad de la naturaleza. Haces la reserva y se lo cuentas. Imaginemos que se alegra tanto como esperabas pero te pide llevar a su perro, que es un pitbull cruzado con dogo argentino. Llamas al complejo y te dicen que no admiten mascotas, así que sigues buscando. Finalmente, en un bosque mágico rodeado por cascadas cristalinas, encuentras unas cabañas que más que cabañas parecen suites de lujo sobre los árboles. En las fotos de la web ves que te suben el desayuno en una cesta de mimbre como la de Caperucita. Sigues investigando el sitio y, increíble, aceptan perros. Haces la reserva y te pones a preparar la maleta con ilusión.
Tu chico tiene una cena de cumpleaños la víspera y quedáis que pasarás a recogerle al día siguiente. ¿La razón? Pongamos que tú tienes un 4×4 y el un BMW.
Te despiertas ese día canturreando, abates los asientos del coche para acomodar al perro y, al llegar a su casa, te lo encuentras hecho unos zorros, vomitando y maldiciendo. Jura que nunca, jamás, volverá a beber.
Mientras arqueas las cejas, él repite: “La he cagado, la he cagado”. Se tumba, se levanta, no sabe cómo ponerse.

-¿Quieres que llame y lo anule?
-Noooo -susurra mientras corre al baño para vomitar por tercera vez-. Qué mal. Qué mal. Lo juro, lo juro… Nunca maaaas…
Al rato sale, se viste, te mira como quien mira al infinito, se tumba de nuevo, se da la vuelta y se queda profundamente dormido.
Tienes ganas de llorar pero, en vez de eso, WhatsAppeas con tu mejor amigo. Ya sonríes. Haces una llamada al tipo de la suite en la cabaña, a la de la cabaña en el árbol, a la del árbol en el bosque de las cascadas mágicas y retrasas un día vuestra llegada. Tu chico sigue durmiendo… ¿Sabes? Tal vez no sea mala idea terminar este día en el sofá, mientras atardece, con un pitbull cruzado con dogo argentino, mientras escribes un caótico post como este. Por ejemplo.