¡Al loro!

Hace bastante que no escribo en mi blog. Ha sido uno de los efectos colaterales de este sistema convulso en que estamos inmersos. Su densidad paraliza.

He sufrido mucho en el proceso y me he vuelto bastante escéptica –como todos-, pero he llegado a la conclusión de que, a fin de cuentas, la historia es futuro y hay que mirar hacia delante. He vuelto.

Esto no es un mensaje de esperanza, pero la cosa ya pasó. He sentido impotencia ante el cierre de empresas, indignación ante el despido de familiares, de amigos, de conocidos… Ha habido gestiones pésimas, es cierto. Y es lamentable que algunos ya se froten las manos al ver el cielo clarear. Ingenuos… Nada será igual. Nada. Puede que, en un par de siglos, alguien diga que esta nueva era empezó con la caída de las Torres Gemelas. Los efectos de la hecatombe brotarán entonces. Todavía hay rescoldos de edificios chamuscados y el humo aún no deja ver.

Entre escombros, he decidido dejar de lamerme las heridas porque este océano se mueve de nuevo. Siento que hay que estar atentos porque, por fin, una ola se avecina. Hablo con expertos en macroeconomía y me dicen que nadie sabe surfearla ni a donde va, pero que ya está aquí. Noto cómo la superficie del océano serpentea con entusiasmo, igual que en 2007, cuando se alzaban aquellas olas por las que sí sabíamos deslizarnos.

Esto no es un mensaje de esperanza, pero hay que estar al loro. No hay que perder de vista el horizonte para subirse a la ola. Tendremos que transformarnos en intrépidos surferos versátiles, para no caer; aprender a cabalgar sobre ella con un estilo desconocido y extraño. Pero para ser capaces hay que reaccionar.

Tambaleándonos sobre una alfombra de cascotes, todavía humeantes, es hora de contabilizar las bajas, los daños y las plumas que hemos perdido. Es hora de hacer inventario de edificios destruidos y balance de pérdidas. Es hora de encerar nuestras tablas, para no resbalar, y volvernos a poner de pie sobre ellas.